Recuerdo perfectamente el día que me di cuenta. Estaba sentado en el sofá, mirando el grinder en la mesa, y sentí esa mezcla extraña de ganas y obligación. Amaba la planta, amaba el momento de llegar a casa, preparar todo, el aroma al deshacer el cogollo... Ese era mi refugio. Pero también me di cuenta de que mis días empezaban a girar en torno a ese momento.
Si no lo tenía, aparecía la impaciencia. Me costaba dormir, me irritaba por tonterías y, sobre todo, sentía que no estaba eligiendo, sino que el hábito me estaba eligiendo a mí. Quise dejarlo de golpe un par de veces. Fracaso total. La ansiedad de no tener mi momento de desconexión, sumado al insomnio de los primeros días, me hacía volver siempre al punto de partida.
Fue entonces cuando decidí cambiar las reglas del juego. Si el problema era la dependencia física que me generaba el THC, tenía que buscar una forma de mantener el ritual intacto, pero reduciendo la sustancia de forma invisible. Empecé a probar flores de CBD. Al principio era escéptico, pensaba que iba a ser como beber cerveza sin alcohol, que no me iba a aportar nada. Pero me equivoqué.
Empecé a mezclar. Mitad de mi flor de siempre, mitad de una buena flor de CBD. Mismo sabor, mismo aroma, mismo humo denso. El gesto de liar seguía ahí, la exhalación profunda seguía ahí. ¿La diferencia? Mi cuerpo recibía la calma del CBD, relajando los músculos, mientras bajaba drásticamente la dosis de THC sin que mi mente entrara en pánico por la falta de este.
Pasaron las semanas y fui cambiando la proporción. Un 70% CBD, un 30% THC. Luego un 90/10. Hasta que un día, simplemente me preparé uno entero de CBD puro. Y dormí. Dormí como hacía años que no lo hacía. Me desperté fresco, ligero, con ganas de hacer cosas. Había superado la barrera sin sufrir, sin síndrome de abstinencia, sin noches en vela dando vueltas en la cama.
Había recuperado el control. Y lo más importante: no había perdido mi momento. Sigo disfrutando de los mejores aromas y de mi rato de paz al final del día, pero ahora soy yo quien manda.